
Umberto Toso nació en Lima en 1970. En 1988, la Revista Globo de Perú, le concedió el Premio Centenario de Abraham Valdelomar por su cuento La Piba Rusa. Dos años después, a mérito de Poemas de navegación, obtuvo el Premio Nacional de Poesía Ricardo Palma. Es Maestro Masón y experto en Ciencia Política por la Universidad de Ciencias Empresariales y Sociales de la República Argentina y ha sido locutor de radio, reportero de televisión y editor de periódicos y revistas. En 1990 se trasladó a Europa, con esporádicas estancias en España, Bélgica e Italia. En el 2006 ganó el Premio Charles Baudelaire y en el 2008 impugnó por causales de indignidad la candidatura del Gran Maestro electo de la Gran Logia del Perú y provocó el cuatro cisma de la Masonería peruana. Actualmente radica en Chile y es director de la Revista Masónica. Es uno de los más grandes escritores de su generación.
El martes amaneció fresco y neblinoso. La Piba Rusa estaba tendida en el sofá de vieja tapicería rosa que tenía por lecho, apoyado contra la pared del lado del urinario, en la única habitación del burdel donde no se escuchaban los sonidos quejumbrosos y animales de las rameras y el rechinar alarmante de los muelles de las viejas camas. Tenía doce años y estaba bien desarrollada para su edad; las curvas de sus caderas y de sus senos se tensaban ya bajo la ropa, que le iba viniendo pequeña y que en determinadas regiones estaba tan vieja y sucia, que no se conocía su adorno primitivo.
Tenía la Piba Rusa el cabello rubio y atado en abultado moño por encima de su cuello. También sus ojos eran claros y redondos como platos; y su boca ancha y con grandes cantidades de carmín estaba formada por unos labios carnosos y por una dentadura color de hueso pelado. Su piel era blanca y granulosa, su nariz ganchuda, su barbilla larga y los lóbulos de sus orejas curvados hacia afuera.
Después de las nueve encendió un cigarrillo y se enderezó. Empujó la puerta, la cerró tras sí y siguió por un amplio pasillo de paredes color mostaza y puertas agujereadas con bala o comidas por la polilla en el cual no había luz. Sólo brillaba una bombilla al fondo, encima de una puerta que en otros tiempos fuera marrón.
Siguió trabajando con la idea de que algún día ahorraría lo suficiente para mandarse a mudar. «Y cuando eso suceda pondré un puesto de cebiche en el Mercado Central.» La voz destemplada de una muchacha de aspecto negruzco la sacó de su abstracción.
-Piba.
La Piba Rusa vaciló girando en su lugar.
-¡Piba! -repitió la morena, que llevaba un saquito de sastre pese a estar en calzón.
-Habla -moduló la niña, avara en palabras.
-¿Quieres ganarte unas lucas?
La Piba Rusa asintió con la cabeza y dio un pequeño respingo, porque se le empezaba a insinuar uno de esos catarros de invierno.
Eran las nueve y pico cuando las dos muchachas entraron a una habitación que no había sido barrida por lo menos en un mes. Un hombre de avanzada edad se hallaba recostado en el respaldo de una cama, dándole chupadas a su cigarrillo. Era don Eulogio, el boletero del burdel.
-Misión cumplida -dijo la morena, señalando a la Piba Rusa con un movimiento de cabeza.
El anciano tiró la colilla al suelo y se rascó con la uña del índice el borde de la barbilla. Miró a la Piba Rusa como si la viera por primera vez.
-¿Cuánto me va a costar la gracia? -preguntó.
-Veinte lucas -dijo la morena.
-Quince -propuso el anciano.
-Hecho -aceptó la morena con inesperada prontitud.
-Pero sin chupada -advirtió la niña.
-Ni por el culo -agregó la morena. Adoptó una expresión solemne y superior-. Por la puerta trasera cuesta el doble...
-No se me para de todos modos -dijo don Eulogio con acento tranquilo, como si con ello no quedase defraudado en su propia opinión.
-Procure pensar en la Piba calatita y se le parará -comentó la morena con animación y buen humor.
-¿Tú crees? -dijo don Eulogio, buscando consuelo con la mirada en la Piba Rusa.
-Síii -dijo la niña, sin entusiasmo-. Nada de besos en la boca, advierto. Otra cosa: apenas termine, paga. Y apúrese, maestrito.
Don Eulogio se desnudó, sin prisa, doblando su ropa pieza por pieza. Las muchachas lo miraban sin emoción. Cuando don Eulogio estuvo desnudo, se levantó y se acercó a la Piba Rusa, y calateándola del todo y rápidamente la hizo echarse en el centro de la cama.
La morena, que estaba liberándose del calzón por los pies, sintió náuseas, su estómago vacío le daba vueltas; ladeó la cabeza como una gata en señal de fastidio, sin poder pensar más que una cosa: «¡Qué asco!».
A la memoria de la morena acudió, como un rayo devastador, el recuerdo de aquella mañana con su padre. Sentía sobre el cuerpo la corpulencia de su padre, que la aplastaba. Volvió a escuchar su voz aguardentosa, se le reprodujo el asco que experimentó al despertar, cuando ya todo había terminado, y sintió la carne de gallina en los brazos.
Su mano se crispó sobre la bacinica que horas antes le había servido para hacer pis.
-¡Cerdo! -gritó ahogándose, mientras don Eulogio lengueteaba el sexo depilado de la Piba Rusa.
Entonces la morena, con la velocidad de un relámpago, blandió la bacinica de aluminio y descargó un golpe en la cabeza del anciano, que se hizo mierda.
La Piba Rusa, bañada en sangre y orina, se puso en pie de un salto y quedó echando chispas.
-¡Negra cojuda! -exclamó, con algo de ira-. ¿Y ahora quién paga?
La morena quedó lela.

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